Hay muchas formas de decir que el teniente Warren Miller desapareció anoche. Y Eduardo Jover, actor, director de doblaje, y adaptador de más de 1.600 películas – licenciado además en periodismo y arte dramático –, nos ilustra en este artículo, una lección magistral en torno al uso del idioma, sobre la más conveniente para lograr un doblaje de calidad.


‘El doblaje y el habla’

Por Eduardo Jover

Alumnos y compañeros de Ferdinand de Saussure (1857-1913), publicaron su obra póstuma, Cours de linguistique générale (Curso de lingüística general) en 1916. La influencia de su “curso” en lingüistas posteriores fue masiva y dio lugar al estructuralismo lingüístico. En su obra, el autor distinguía dos conceptos fundamentales: lengua y habla. Entendía la lengua como el sistema que comparten los miembros de una comunidad lingüística; sistema formado por sonidos articulados. Y el habla era la materialización de esos sonidos, la capacidad de articularlos y de conformar un idioma dentro del sistema. En definitiva, la realización del habla en cada miembro de la comunidad lingüística

Por desgracia, Saussure no conoció el doblaje1; si el fenómeno hubiera estado vigente, habría considerado su enorme capacidad para incidir –casi siempre de forma negativa, por no decir tóxica- en la conformación del habla. Y, sin duda, habría teorizado sobre el fenómeno. Su capacidad analítica habría sido vital para el trabajo de los futuros profesionales que nos hemos ido incorporando al medio.

Muchos años después, en 1951, Eugenio Coseriu publica Introducción a la lingüística, una obra pedagógica para unos alumnos que, posteriormente, se dedicarían a la enseñanza. En 1962 publica Teoría del lenguaje y lingüística general, una recopilación de artículos. Entre ellos, cabe destacar el que introduce una división tripartita del lenguaje: Sistema, Norma y Habla. El sistema equivaldría a la lengua de Saussure; el habla, y con la misma nomenclatura, al habla saussuriana, y el nuevo elemento, la norma, contemplaría las reglas que regulan el ejercicio de la lengua por parte de los individuos que comparten una comunicación dentro de un sistema lingüístico: personas ejercitando el habla.

Un conjunto de reglas que por ejemplo contemplan la posibilidad de decir alumno y alumna, pero no miembro y miembra.

Coseriu nacióen 1921 en Rumanía; concretamente en Mihaileni, lo que es ahora Moldavia y falleció en Tubinga, Alemania, en 2002. No doy estos datos –que se pueden encontrar fácilmente en internet- con el ánimo de aportar nada, sino para acotar su periodo vital, ya que abarca una época en la que el fenómeno del doblaje era algo consolidado como arte –al menos, como artesanía- y como industria. Y estaba incidiendo, como es natural, en la conformación del habla, en el modo que tienen las personas de manejar las posibilidades que les permite el sistema, incluso con la perniciosa entrada de elementos de otras lenguas: palabras y sintagmas bárbaros que terminan contaminando la semántica y la sintaxis. La gran pregunta –o “pregunta del millón de dólares”, frase subrepticiamente incorporada al castellano desde algún concurso televisivo de Norteamérica-; la gran pregunta, repito, es ¿cómo puede producirse esa contaminación del habla? Muy simple: porque el sistema lo permite y la norma no rige.

Coseriu, aunque convivió muchos años con el doblaje, tampoco reparó en su profunda influencia en el habla y en la transgresión de la norma. Y si reparó, no le pareció tan importante como para estudiarlo.

Actualmente, un director-ajustador-adaptador de doblaje- tendría que completar el análisis lingüístico con el siguiente esquema: “Sistema, norma doblaje, habla.” Aunque la norma es tan laxa con la permisividad del sistema que -dados los tiempos que corren, y las zozobras económicas que agitan la profesión-, es como si no existiera.

Cuando era un niño, los primeros doblajes que emitió la única televisión que había en España, estaban hechos en Latinoamérica; lo que aquí se ha llamado –a mi entender, despectivamente- “guachindango”. Doblajes latinoamericanos de series como Bonanza2 y Cheyenne, influyeron tanto en el habla que en nuestros juegos de indios y vaqueros no le “pegábamos” a nadie; le “dábamos una golpisa”. No metíamos las cosas en la cartera para ir a la escuela: “empacábamos”. Y cuando amenazábamos al indio traidor, no le decíamos: “Indio traidor, cuando te coja te voy a tirotear”, sino “indio traisionero, cuando te coja, te voy a dar una balasera”. Desde nuestra cándida sutileza, no distinguíamos el sentido que el verbo coger tiene en Latinoamérica; si no, habríamos dicho: “Indio traisionero, cuando te atrape, te voy a dar una balasera.” Incluso en el aspecto semántico nos habría influido el doblaje.

La influencia del doblaje en el habla no es ni mala ni buena ni todo lo contrario, es normal: una mala adaptación pervertirá el habla, ya que el sistema se lo permite, y una buena adaptación la dejará intacta, incluso hará alguna aportación positiva.

El problema es sistémico y estructural. Empieza por la traducción3: una labor con una retribución precaria, te fuerza a trabajar a destajo. No sé si en el ámbito literario, esto es así; pero en el doblaje es algo contrastado. Aunque las palabras de Esther Tusquets se refieren a la traducción de libros, hay algo que afecta sobremanera al doblaje: Y, sobre todo, las malas traducciones están plagadas de lo que llamo “frases imposibles”… etc, etc”

Luego vienen el ajuste-adaptación, generalmente del inglés, una lengua mucho más económica que el castellano. Doy algunos ejemplos: “¿Nunca habéis pensado en pasar de esos marcadores de captura de movimiento y usar solo el traje mecánico para no tener que ir a cuestas con todos estos trastos?” Texto de la traducción, 44 sílabas. Una vez ajustado, se reduce a 33 sílabas porque no cabe más en el movimiento de la boca del actor doblado. Queda así: “Nunca habéis pensado en pasar de esos marcadores y usar solo el traje mecánico para no cargar con tanto trasto?” Otro ejemplo, texto de la traducción, 24 sílabas: “Ya sé que estos trajes mecánicos pueden ser bastante incómodos la primera vez.” Texto ajustado, 18 sílabas, 6 menos que en la traducción: “Estos trajes pueden ser bastante incómodos la primera vez.”

Lo ideal sería respetar la totalidad del texto, pero cuando es imposible, la obligación de un ajustador-adaptador honrado –y que sepa- es no desvirtuar ni alterar el mensaje.

Pondré algún ejemplo sobre la incidencia negativa del doblaje en el habla, y dejaremos el resto (¡porque hay mucha materia, mucha tela que cortar!) para otra ocasión.

En España nunca se ha dicho (bueno, últimamente, y por culpa del –que no “gracias a”- doblaje, sí) “quédese el cambio” No, aquí con lo que se quedaba el camarero o cualquier otro beneficiario de una propina, era con “la vuelta”. Pero no, se pasó de “quédese con la vuelta” a “quédese con el cambio”, y de ahí a “quédese el cambio”, en inglés “keep the change”, no “stay with the change”, ni mucho menos “stay with the return”, que sería la traducción literal de nuestra expresión. Pero si no es exportable nuestra expresión a su lengua, no seamos panolis ni serviles, ¡por Dios!, no importemos la suya y la transcribamos directamente al castellano. Por mucho “caché” social y postín intelectual que eso dé.

Y ahora, unos ejemplos de construcciones perniciosas, ajenas a la sintaxis del castellano. Las apreciaciones son sutiles y pueden parecer pejigueras, pero hay que hablar con propiedad, y cuidarse de las influencias –en este caso- anglosajonas. Traducción: “Anoche, el teniente Warren Miller desapareció”. El buen uso determinaría esto: “El teniente Warren Miller desapareció anoche.” Otro ejemplo; este, de oración pasiva perifrástica: “Esta mañana, fueron hallados atados y amordazados en un almacén de Balboa.” En castellano, se impone siempre la construcción de una oración activa: “Los encontraron esta mañana, atados y amordazados, en un almacén de Balboa.” Traducción: “En 2002, una Double Eeagle se subastó por 7,5 millones.” Ajuste: “En 2002 subastaron una Double Eagle por siete millones y medio.” Traducción: “¿Está lejos Sam?” Ajuste: “¿Sam está lejos?” Traducción: “Diré a todos lo íntimos que somos.” Ajuste: “diré a todos que somos íntimos” (o muy íntimos).

Traducción: “Ya, bueno, he asesado, tío. Y tú deberías (16 sílabas) (Está claro que el traductor ha buscado directamente en el diccionario de sinónimos o que se lo ha traducido así el traductor automático, porque nadie utiliza ese vocablo para hablar de “sentar la cabeza”; especialmente por su similitud fonética con “sexar”. Ajuste: “He sentado la cabeza, y tú deberías hacerlo.” (18 sílabas) Son dos sílabas más, que no son muchas en plan porcentual. Eliminamos lo superfluo (Ya… Bueno… Tío), lo pasamos a sintaxis castellana y lo hacemos comprensible. Traducción: “No hay pasta aquí, colega.” Ajuste: “Aquí no hay pasta, colega.” Así evitamos la cacofonía de “pasta aquí”, dos vocales abiertas que dificultan la dicción y, en consecuencia, menoscaban la interpretación.

Esto es una muestra de que no solo perjudican el habla los barbarismos, sino también –y de una forma más sutil- la sintaxis ajena a nuestra forma de construir las frases.

Y hasta aquí hemos llegado. En la próxima entrega, como decían, Tip y Coll, “hablaremos del gobierno”. Y como no va a merecer la pena, hablaremos de “¿Cómo estás?” (How are you?) y “¿estás bien?” (Are you ok?) (Are you feeling alright?”)


1 En su obra El doblaje, Alejandro Dávila fecha el primer doblaje en 1928 “Pero no fue hasta 1928 cuando dos ingenieros de la Paramount consiguieron grabar un diálogo sincrónico con los labios de los actores en la película The flyer”.

2 Muchos años después, el destino me llevó a doblar a Michael Landon en unos episodios de Bonanza. No sé si fue una temporada o fueron varias. Se dobló en Exa, en el Parque del Conde de Orgaz, no recuerdo en qué año. Pepe Martínez Blanco dirigió el doblaje, con este reparto: Roberts Pernell (Adam), Javier Dotú; Dan Blocker (Hoss), Pepe Martínez Blanco; Michael Landon (Joseph, “Little Joe”), Eduardo Jover. No recuerdo con precisión quién dobló a Lorne Greene (Ben Cartwright), pero creo que fue Julio Núñez. He mirado en eldoblaje.com, pero no hay ninguna referencia a aquel doblaje. Solo está consignado el que dirigió Juan Antonio Fernández Abajo en La Malmaison, Barcelona, en 1990. (Para más información “eldoblaje.com”)

3 “Traductores supuestamente avezados, traductores de renombre, o no conocen el idioma del que traducen, o no conocen el idioma al que traducen; ignoran palabras, que no se molestan en buscar en el más vulgar de los diccionarios (porque yo las encuentro), ponen en negativo frases positivas o a la inversa, se saltan párrafos enteros. Y cuanto peor es el traductor, más se obstina en corregir al autor, en mejorar el texto original: explica lo que en éste no se explica […] Y, sobre todo, las malas traducciones están plagadas de lo que llamo “frases imposibles”, frases que a nadie jamás, ni en un arrebato de locura, se le ocurriría decir. Frases que nadie ha dicho nunca. Bastaría que el traductor las leyera una sola vez en voz alta, escuchándolas, para comprobar que no podía utilizarlas. (Esther Tusquets, “Confesiones de una editora poco mentirosa”)


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