Lorenzo Beteta, destacado actor y director de doblaje madrileño, y director además de la Escuela de Doblaje de Madrid (EDM) – editora de este blog – reflexiona en este artículo sobre los hechos que han empujado al actor catalán Oscar Barberán – voz habitual de Ben Affleck, Ben Stiller o Keanu Reeves – a rechazar el doblaje de la voz del personaje del sheriff Woody en la última secuela de la superproducción Toy Story, de Disney. Un plante que, según Beteta, está relacionado, no solo con la oposición a una retribución raquítica, sino muy especialmente con la necesidad de todo un colectivo – actores, técnicos, traductores – de librar una batalla por su orgullo.

¿Quién calló al sheriff Woody?

Por Lorenzo Beteta

Estos días hemos podido saber que Oscar Barberán, el actor que pone voz a Woody en el próximo súper estreno Pixar Toy Story 4 se ha plantado frente a la distribuidora Disney y el estudio encargado de llevar a cabo el doblaje de la cinta para denunciar la enorme disfunción económica que supone dar la voz en castellano al protagonista de una de las películas más taquilleras de 2019 a cambio de un salario (eso sí, marcado como mínimo por convenio) que posiblemente no llegue a los 800 euros.

El sector del doblaje ya hizo su particular devaluación (herramienta utilizada por los poderes políticos y económicos durante la última crisis económica como fórmula para aumentar la competitividad) desde el año 1993 hasta nuestros días, con una caída en los precios salariales que ha supuesto desde entonces una rebaja en los mismos de cerca de un 50% acumulado.

Siendo el país de nuestro entorno con una industria más consolidada y con unos niveles de calidad más reconocidos por el público, España se encuentra a la cola de la retribución salarial. Y a esto hay que sumarle que el doblaje no tiene una competencia real como podría ser el caso de otros productos o bienes que se pueden hacer en otros países a un precio más barato que aquí. El doblaje en castellano se hace en España. Ni Alemania, ni Italia, ni Francia ni ningún otro país puede competir con su doblaje con el nuestro, por razones obvias de idioma. Entonces, ¿cuál es el motivo para que se hayan devaluado de esta manera los precios? ¿Por qué una parte tan importante del personaje protagonista de una película multimillonaria tiene unos emolumentos tan raquíticos? Y, ¿por qué, cuando se trata de “maquillar” una película de animación con un ex – ciclista, el marido de una cantante o un conocido y taquillero director-actor de “Torrentes” de películas, los presupuestos salariales se pueden multiplicar exponencialmente?

Más allá de la creencia (a todas luces equivocada) de que Pedro Delgado le va a dar un valor añadido al poner su voz a una bicicleta, o que Mario Vaquerizo va a llevar a sus legiones de fans al cine para disfrutar de su “magistral” interpretación de Frankenstein, el problema no es cuánto cobran esos famosos, famosillos o genios en su especialidad. El problema es que los actores de doblaje han dejado de creer en ellos mismos como colectivo. En la importancia que tiene en los productos que transforman y en el valor que ese trabajo traslada a esos productos.

No solo es un problema que se da en la parte artística del doblaje. Los sueldos de los ingenieros de sonido, responsables de que ese doblaje suene bien, con una mezcla a la altura de los estándares de sonido que se requieren en la actualidad (dolby Atmos, I-sense ,etc…) son inferiores en muchísimos casos a los que cobraban por su trabajo en 1985, ¡¡hace treinta y cinco años!!!

Una parte importantísima de los traductores de doblaje saben que tienen que “echar” más horas, y tratar de hacer cada obra lo más rápidamente posible, para que a final de mes lleguen a unos salarios que no suelen llegar a la mitad de lo que ganaban hace años, dedicándole más tiempo a menos trabajos.

El doblaje, como industria, es un sector pujante y rentable en España. Es un servicio que aporta valor económico a los dueños del producto. Es una herramienta más de apoyo a nuestros idiomas. Es una ayuda básica para sectores de nuestra sociedad que de otro modo no podrían acceder a la obra audiovisual.

El caso de Oscar Barberán es un ejemplo más de la eterna lucha entre la compensación justa del trabajo personal versus el beneficio empresarial o del accionista. Nadie discute la necesidad de ser rentable. Pero debemos hallar un margen que permita crecer y desarrollarse, no solo a la industria, sino también a sus trabajadores. Un margen que nunca podrá basarse en la explotación. Eso si queremos evitar perder al sheriff.


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